Exponiendo la Iniquidad del Papado desde su Origen hasta la Hora Presente

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Richard Bennett
Con el acceso del Papa Francisco a la arena mundial, mucha gente se preguntará quién es él, y qué tan bien recibido será.  Pero saber acerca de un Papa individual no es tan importante como saber acerca de la historia del papado en sí y de la posición que el papado ocupa actualmente.  Por consiguiente, es necesario que examinemos al papado desde sus inicios hasta la hora presente.

Preparando la Escena para el Misterio de la Iniquidad

En el año 330 d.C. el emperador Constantino trasladó la sede del Imperio Romano de Roma a Constantinopla.  Para entonces, él ya había establecido por decreto que el cristianismo sería la religión del imperio, con la esperanza de que su aceptación pudiera infundirle una nueva fuerza unificadora a su precario imperio.  La nueva “religión estatal” fue organizada de forma muy similar al ejército del Imperio Romano.

Estaba dividida en cuatro distritos principales, cada uno de ellos gobernado por una cabeza distrital.  Sin persecución, la fe sencilla de la iglesia primitiva había decaído a tal punto que llegado el siglo quinto, la iglesia de Roma ya no era una comunión de creyentes comprometidos, sometidos a la autoridad de Cristo Jesús.  Más bien, había venido a formar parte de una institución dominada por una jerarquía en la que el Obispo de Roma, con el tiempo, llegaría a tener el máximo poder.

El Misterio de la Iniquidad se hace Manifiesto

La Escritura habla del “misterio de la iniquidad”.[1]  Esta maldad particular surgió gradualmente dentro de la Iglesia a medida que el antiguo Imperio Romano cedió el paso a lo que se convertiría en el Sacro Imperio Romano.  El “misterio de la iniquidad” se manifestó visiblemente en la forma del “hombre de pecado” durante más de ocho siglos desde el papado de Vitaliano hasta la Reforma.  Sin embargo, los reformadores y la población general en el Sacro Imperio Romano del siglo 16 no lo descubrieron hasta que fueron recuperados el Evangelio y la Biblia.

El resultado de la apostasía es el “engaño de iniquidad”.  Tal apostasía está marcada por la hipocresía y el engaño, bajo una apariencia de justicia y santidad, y tiene el objetivo de engañar aun a los escogidos mismos, si eso fuese posible.  Durante siglos, el Papa reinante se ha atribuido los títulos de “Santo Padre” y “Vicario de Cristo”[2], con lo cual el Papa satisface exactamente la definición del Anticristo dada por el apóstol Juan: “¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo”.[3] El Pontífice, toma para sí estos títulos que solamente pertenecen al Padre y al Hijo; y por consiguiente, el Papa niega tanto al Padre como al Hijo.

Una característica adicional del “hombre de pecado” es que él se sienta en el templo de Dios como Dios.  Desde la resurrección de Jesucristo y la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 d.C. queda claro en la Escritura que el templo de Dios es la comunidad de verdaderos cristianos.[4]  Estos cristianos se encuentran esparcidos por todo el mundo.  Mientras que el Papa califica de cismáticos a estos verdaderos cristianos por no formar parte de “su” Iglesia, él pretende, no obstante, ser la cabeza de la Iglesia de Jesucristo sobre la tierra y se exhibe en desfiles públicos ostentando los títulos de Santo Padre y Vicario de Cristo.

El Emperador Justiniano I, más que ninguna otra persona, fue quien estableció la supremacía del Obispo de Roma en el siglo seis.  Él lo hizo de una manera formal y jurídica, sometiendo aun los asuntos religiosos bajo el control de la ley civil.  Le Roy Edwin Froom lo resumió de la forma siguiente:

Justiniano I (527-565) [fue] el mayor de todos los gobernantes del imperio romano oriental … [su] gran logro fue la regulación de los asuntos eclesiásticos y teológicos, coronada por la Carta Decretal Imperial, la cual sentó al obispo de Roma en las iglesias como la ‘Cabeza de todas las santas iglesias’, echando así el fundamento legal de la supremacía eclesiástica papal.”[5]

El decreto de Justiniano no creó el oficio del papado, sino más bien estableció el fundamento jurídico para que los obispos de Roma pudiesen adquirir un poder gubernativo civil.  Poco después, los obispos de Roma querían gobernar como reyes.  Estaba sucediendo exactamente lo que el Señor había prohibido – “Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas… mas no así vosotros”.[6]

El título de “Papa” fue usado por primera vez para dirigirse a Vitaliano, obispo de Roma durante los años 657-672 d.C., cuando fue llamado en latín “Papa Vitalianus”.[7]  Al Papa de Roma le tomó tiempo ampliar el ejercicio de su título estatal hasta ejercerlo sobre los obispos de Europa y de las islas británicas.  Por ejemplo, incluso en el norte de Italia, en el año 800 d.C., Claudio, el obispo de Turín, no reconoció la autoridad del Obispo de Roma.[8]

El Misterio de la Iniquidad se Fortalece a Través del Poder Civil

Papa Inocente III, quien en 1203 comenzó la Inquisición torturando y quemando a los creyentes bíblicos en la hoguera

Desde siglo cuarto hasta el siglo octavo después de Cristo, gran parte del crecimiento del poder papal fue obtenido en intercambios con reyes alrededor de lo que había sido el antiguo Imperio Romano.  Es verdad que durante esos siglos existió la predicación del verdadero Evangelio en esa región. Sin embargo, la religión de los que aun eran paganos no era muy diferente de la religión del Papa, con lo cual, ésta última era más fácilmente aceptada que el Evangelio.  Además, en el siglo octavo, cuando el Papa necesitó defenderse de los Saracenos y de los Lombardos, los reyes franceses proveyeron esta defensa y le otorgaron al Papa el título de gobernante sobre las ciudades que habían ganado.  Como recompensa, en el año 800 d.C., el Papa León III coronó a Carlomagno como Emperador y Augusto – un hecho muy bien conocido.  Esto dio inicio al Sacro Imperio Romano, el cual se encontraba constantemente trastornado por querellas acerca de los límites legales de la jurisdicción de cada soberano: el Papa por un lado, y el Emperador por el otro.  Estas disputas sólo pudieron ser resueltas en el transcurso de la historia.[9]

En 1203, el Papa Inocente III, como cabeza de la religión estatal, comenzó a exigir sumisión a sus doctrinas antibíblicas por medio de sus cortes de Inquisición, y a ejecutar esas doctrinas por medio el poder del Estado Civil.  Esta máquina homicida del papado operó infatigablemente durante 600 años, colocándose como mínimo a la par de los mayores baños de sangre que Stalin, Mao Zedong, Pol Pot, y otros dictadores del siglo 20 lograron infligir a la humanidad.  Así, la personificación del “misterio de la iniquidad”, es decir la Iglesia Católica Romana con su oficio del papado instituido por el Estado, creció en fuerza y en poder civil durante la Edad Media – la Edad de las Tinieblas.  Esta Iglesia ha acumulado para sí riquezas, propiedades e influencia por medio de la Inquisición y otros medios crueles, inmorales y totalmente antibíblicos, incluyendo el asesinato y el robo en masa.

La Reforma Introduce el Surgimiento de la Era Moderna

En 1547, la Iglesia de Roma apostató por completo en el Concilio de Trento al declarar formalmente,

Si alguno afirmare que la fe que justifica no es más que la confianza en la misericordia divina que absuelve los pecados por amor a Cristo, o que esa confianza sola sea lo que nos justifica: sea anatema [maldito].[10]

De modo que desde el siglo sexto hasta la Reforma del siglo 16, “el misterio de la iniquidad” había adquirido gran poder político y riqueza terrenal.  Sin embargo, la inquisición asesina del papado no fue capaz de detener la difusión de la Reforma a través del norte de Europa, Inglaterra, Escocia, y los países escandinavos.  En los siglos 17 y 18, miles de creyentes bíblicos fueron perseguidos sin misericordia. Providencialmente, muchos pudieron huir a la nueva tierra de América.  Así pues, el nacimiento de Estados Unidos fue uno de los resultados de la Reforma.

En 1648, el Tratado de Westfalia[11] puso fin a la Guerra de los Treinta Años entre la Iglesia Católica y los príncipes luteranos y calvinistas.[12]  Antes que nada, la Reforma restableció la autoridad absoluta de la Palabra escrita de Dios, es decir la Biblia.[13]  Luego con la difundida recuperación del Evangelio de la gracia, y con la publicación y distribución de la Biblia en el lenguaje ordinario de la gente, las formas de gobierno civil estaban destinadas a cambiar porque la religión de mucha gente había cambiado.  De tal manera que se llegó al acuerdo de que cada nación habría de ser soberana; no iba a haber un Sacro Imperio Romano al que las naciones soberanas se inclinaran. Con esa idea manifestada en vigor por medio de un tratado, se dio inicio a la Era Moderna.  Claramente, un cambio tan monumental como la destrucción del Sacro Imperio Romano habría podido señalar el fin de la Iglesia Católica Romana.  No obstante, el misterio de la iniquidad, el corazón y alma del papado, no se terminaría tan fácilmente.

La Transición a Nación-Estado Moderna

En 1798, luego de que el Papa Pío VI fuera derrocado de su trono por un general del ejército de Napoleón,[14] parecía que el papado, siendo una institución del colapsado Sacro Imperio Romano, también podía estar llegando a su fin.  Pero tal no fue el caso.  Más bien, a lo largo del siglo 19, el papado se estaba reorganizando.  Cierto, había perdido su poder en la arena civil, ya que carecía de un estatus civil oficial sobre las naciones-estado modernas.  Sin embargo, aun poseía su estructura e infraestructura institucional visible y tenía jesuitas; tenía sus rituales religiosos, su falso evangelio y sus tradiciones; tenía su clero y su laicado.  Todas estas piezas permanecieron en su lugar, funcionando como una máquina bien engrasada.

Exteriormente, el papado no perdió tiempo en atacar Inglaterra, la cual había producido tantos Puritanos firmes y comprometidos durante los siglos 17 y 18.  En el siglo 19, Inglaterra aun estaba a la vanguardia, enviando a muchos misioneros evangélicos a rincones lejanos de la tierra.  Así que, en 1844, el papado, a través de John Henry Newman, lanzó el Movimiento de Oxford para traer a la Iglesia Anglicana bajo su dominio una vez más.  La estrategia consistía en eliminar la enseñanza bíblica del Evangelio y de las grandes doctrinas de la fe de forma gradual y sigilosa.  Estas enseñanzas habían de ser reemplazadas por rituales y por testimonios personales.  El razonamiento era que si el papado podía lograr esto, Inglaterra podría volver a ser un país católico.

Interiormente, con el fin de fortalecer su control sobre los católicos ordinarios, el papado declaró en 1854 que María había sido concebida de forma inmaculada.[15]  Con su María glorificada, el papado había fabricado una figura alterna pero “visible” a la cual los fieles católicos podían rezar unidos.  La atención de los fieles se desvió del Invisible Señor Jesucristo y de su Palabra escrita.  Sin el Señor, y sin su Palabra, su atención naturalmente se enfocó en la imagen visible puesta frente a ellos, la cual tenían como centro de sus oraciones.

Además, el papa Pío IX fue muy instrumental en la redacción de la declaración de la “infalibilidad papal”.[16]  Con tremenda astucia, a pesar de lo absurdo que este concepto resulta a la luz de la Escritura y a pesar del hecho histórico de que hubo papas que la misma iglesia católica condenó como herejes, el Concilio Vaticano I declaró la infalibilidad papal como doctrina en 1870.[17]  Esta doctrina afianzó en las manos del papa reinante poderes dictatoriales nunca antes conocidos en la Iglesia católica.  Los papas subsiguientes restablecieron el papado internamente al reorganizar la ley católica romana bajo la forma del Código de Derecho Canónico de 1917.

El Vaticano Alcanza Estatus Civil en la Era Moderna

La herida aparentemente mortal de 1798[18] fue curada en 1929, cuando, bajo el régimen de Mussolini, el Vaticano fue reconocido una vez más como un poder civil soberano, conocido como la Santa Sede – un poder centrado en la Ciudad Vaticana, asentada geográficamente dentro de la ciudad de Roma, la cual abarca cada una de las siete colinas.  El concordato con Mussolini no fue sino el comienzo de muchos concordatos civiles; uno de los más infames de ellos fue el que existió entre el Papa Pío XII  y Adolfo Hitler.[19]  De esta manera, el papado había consolidado su poder desde el interior por medio del Código de Derecho Canónico de 1917 y desde el exterior, por medio de concordatos con diferentes naciones.  Como resultado, el Vaticano tiene un creciente poder civil que ha alcanzado proporciones considerables, pues tiene a sus propios fieles viviendo en la mayoría de naciones soberanas alrededor del mundo, mientras que los acuerdos civiles que tiene con esas naciones le permiten a la Iglesia Católica enseñarle la fe a su gente.  Este es un doble cordón de poder.  El católico individual, temeroso por su salvación y cargado con la responsabilidad de prestarle su máxima lealtad a la “Santa Madre Iglesia”, se convierte en un peón maleable en manos del papado.

El Misterio de la Iniquidad Realiza un Estratégico Cambio

El Concilio Vaticano II (1962-1965) declaró formalmente el estratégico cambio en las tácticas papales: Los Protestantes habrían de reunificarse bajo el Catolicismo, y además otras religiones habrían de incorporarse bajo el dominio del papado.  Por consiguiente, el Concilio pasó de una posición de “separación de otras religiones” a una posición de ecumenismo universal, no sólo con las religiones del mundo, sino particularmente con los creyentes bíblicos.  “Hermanos separados” – ese era el nuevo término para referirse a estos creyentes bíblicos, los que siempre habían sido considerados herejes.   El Islam, el Budismo y el Hinduismo – previamente llamadas por ellos religiones paganas – vinieron a ser aceptadas como religiones que contienen lo que es “santo y verdadero”.[20]  Este nuevo enfoque fue establecido por la Iglesia Católica Romana a fin de conquistar la simpatía del mundo, principalmente por medio del diálogo.  El Concilio formuló sus reglas de diálogo y sus metas.  Ambas cosas se encuentran expresadas clara y cuidadosamente en su Documento Post-Conciliar Número 42, sobre el ecumenismo, el cual declara que, “El diálogo no es un fin en sí mismo … no es solamente una discusión académica”.[21]   Más bien, “el diálogo ecuménico … sirve para transformar los estilos de pensamiento y de comportamiento y la vida diaria de aquellas comunidades [no-católicas].  De esta manera, busca preparar el camino para su unidad de fe en el seno de una Iglesia única y visible”.[22]

A diferencia del Cuerpo de Cristo, cuya unidad radica en Jesucristo, la unidad que la Iglesia Romana se esmera por conseguir es una unidad exterior y visible que podrá imponer por la fuerza a través de la ley civil – tal como su “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” lo explica mediante muchas palabras engañosas.

La posición oficial de Papa es que “el encuentro ecuménico no es simplemente una labor individual, sino también una tarea de la Iglesia Romana, la cual toma precedencia sobre todas las opiniones individuales”.[23]  El papado estima que este proceso de diálogo tomará tiempo.  La Iglesia Católica Romana afirma claramente que su meta es la de someter a “todas las iglesias cristianas” bajo su autoridad.  Ellos dicen, “… poco a poco, a medida que se superen los obstáculos que impiden el perfeccionamiento de la comunión eclesial, todos los cristianos serán reunidos en una misma celebración de la Eucaristía [la misa] en el seno de aquella unidad de la Iglesia única y exclusiva. … Nosotros creemos que esta unidad reside en la Iglesia Católica como algo que nosotros nunca podremos perder”.[24]

El Papa Juan Pablo II, mientras que inicialmente era considerado liberal y moderno, consolidó aun más los poderes dictatoriales que le confería el Código de Derecho Canónico de 1917 y su presunta infalibilidad, afirmada por el Concilio Vaticano I.  Esto lo consiguió al editar el Código de 1917, haciéndolo aun más conservativo de lo que ya era, y fue cuidadoso en nombrar nuevos obispos que fueran favorables a su forma de pensar centralizada.

Al igual que Gregorio VII, Juan Pablo II estaba determinado a construir por medio de la ley eclesiástica y civil una estructura mediante la cual el papado pudiese de nuevo ejercer poder y autoridad sobre las naciones en el momento apropiado.  Este mismo Papa Juan Pablo II fue inflexible en sus esfuerzos por cambiar las leyes de la Iglesia Católica Romana.  Desde los días de Gregorio VII, los papas han visto la necesidad de crear leyes eclesiales férreas e inflexibles antes de intentar controlar a sus súbditos y a los no-católicos, incluso por medio de la coerción, si fuese necesario.  En 1983, Juan Pablo II añadió leyes adicionales al Código de Derecho Canónico de 1917.  Por ejemplo, “La Iglesia tiene derecho originario y propio a castigar con sanciones penales a los fieles que cometen delitos.”[25]  Mediante una inspección de estas leyes es posible constatar que son aun más absolutas y totalitarias que las del pasado.  Si una persona rehúsa someter su intelecto y voluntad al Papa o rechaza algunas doctrinas del papado, por ley eclesial esa persona puede ser castigada severamente.  Por ejemplo, el Canon 1312, Párrafo 2 declara, “La ley puede establecer otras penas expiatorias, que priven a un fiel de algún bien espiritual o temporal, y estén en conformidad con el fin sobrenatural de la Iglesia.”[26]

El Misterio de la Iniquidad: una Potencia Política en la Era Post-Moderna

La Iglesia Católica Romana no se conforma con gobernar solamente sobre sus propios súbditos.  Por el contrario, con el surgimiento de la era post-moderna, el globalismo[27] es la idea prominente de nuestros días, y el papado ya se había estado preparando para este momento durante los siglos 19 y 20.  El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia [Católica], que comenzó a compilarse hacia fines del siglo 19 bajo el mandato del Papa León XII, es un catálogo de la ley católica.  Expone las ideas papales y sus estrategias para reestructurar el mundo político civil actual, extiende la aplicación de sus leyes y las dicta a todos los individuos en todo el mundo.  Por ejemplo, afirma que cada ser humano alrededor del mundo es parte del “bien común”.  Cada persona tiene una porción en el bien común y cada persona tiene algo qué contribuir al bien común.  El grito de batalla del Compendio es “justicia, igualdad, justicia social, justicia económica”, etc.  Según la definición de ellos, esto significa que cada individuo tiene que participar compartiendo sus posesiones con la persona que el estado diga – aunque el individuo no esté de acuerdo con esa opinión.  Los que mantengan tales actitudes retrógradas y recalcitrantes serán tolerados por un tiempo; luego serán obligados a participar por la fuerza.[28]

Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI clamaron por una nueva estructura gubernamental que rigiese sobre la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU).  Este nuevo organismo, deliberando internamente, habría de emitir leyes y dictados que las naciones-estado de la ONU luego ejecutarían – en otras palabras, un nuevo imperio mundial soberano en el que las naciones-estado simplemente habrían de ejecutar las leyes y dictados de un cuerpo superior no electo.  Todos los bienes, recursos, y propiedades de cualquier tipo estarían sujetos a ser administrados por la ONU y por las naciones.  En una palabra, el papado quiere un gobierno mundial totalmente centralizado – uno en el que la Iglesia Católica Romana sea la autoridad moral y jurídica.  Con ese fin, la Iglesia Romana ha sido cada vez más audaz en inculcar su agenda para la reestructuración del mundo secular civil en foros públicos nacionales e internacionales.  Independientemente del tipo de imagen pública que el papa pueda proyectar, él no cambiará este objetivo central del papado.

El Compendio está siendo actualizado constantemente mientras la información es recopilada y enseñada a los católicos laicos individuales.  La mayoría de católicos no han descubierto la agenda que está detrás de los cambios en las enseñanzas que reciben.  Sin embargo, el deber específico que el papado impone a todos los católicos laicos es el de cambiar las maneras de pensar de sus sociedades y alinearlas con la visión papal del gobierno eclesiástico y civil.[29]  Durante estos cincuenta años posteriores al Concilio Vaticano II, los católicos laicos obedientes de todas las edades y ámbitos de la sociedad han sido muy exitosos en introducir la doctrina católica social en todo tipo de grupos religiosos, políticos, y sociales, como un caballo de Troya.  La iglesia evangélica, en su mayoría se ha sentido honrada de obtener tal trofeo.

Durante al menos setenta años, la doctrina católica social se ha convertido en una corriente principal en la arena política.  Las palabras que están de moda hoy son “redistribución de la riqueza”, “justicia social”, “justicia económica”, “dignidad de la persona humana”, “el bien común”, “justicia”, y el “derecho a la vida, comida, abrigo, techo, descanso, atención médica, educación y trabajo”.  La doctrina católica social es impulsada mundialmente por individuos católicos y grupos católicos como la última adición de las cosas que el papado dice que están incluidas en la evangelización.  El papado dice que este es el deber particular del laicado católico.  Así pues, el misterio de la iniquidad, manifestado en la institución de la Iglesia Católica Romana y en su Oficio del papado, ha penetrado en la esfera gubernamental civil de manera efectiva, impulsando sus propias ideas antibíblicas y llevándolas al foro público.  Estas ideas han de ser formuladas en leyes nefastas e injustas, que esclavizarán a los que vivan bajo ellas.  El utopismo, el socialismo, el comunismo, y el totalitarismo son todos hijos de la doctrina y práctica papal.  Estas ideas profanas se encuentran en el Compendio como partes integrales de la doctrina social católica romana.

Bajo el título civil de “Santa Sede”, la Iglesia Católica tiene embajadores en muchas naciones.  Negándose a someterse al dominio de las Naciones Unidas, ella prefirió asumir un lugar oficial como observadora, más bien que miembro.  La “Santa Sede” tiene también estatus de observadora en muchos otros organismos internacionales.  Además, La Iglesia Romana tiene una infraestructura viable en la mayoría de países del mundo.  Por lo tanto, ella ocupa una posición excelente que le permite aprovecharse de la floreciente idea del globalismo para sacar ventaja en cualquier sector de la vida humana que los estadistas, utopistas, y totalitaristas pretendan explotar para sus propios fines.  La Santa Sede, con su “quinta columna” en cada nación, es capaz de torcer el Evangelio, de eliminar las doctrinas de la Escritura, tachándolas de irrelevantes o falsas, y de valerse de engaños para desviar a los creyentes bíblicos del amor a la verdad.  ¿Qué impide que ella haga una vez más mercadería de las almas de los hombres en tratados con los líderes de las naciones modernas buscando glorificar su propio poder?

Conclusión

El “misterio de la iniquidad” surgió bajo el Imperio Romano y sobrevivió a la caída de ese imperio.  En el año 537 d.C. Justiniano estableció la base legal para que pudiese adquirir poder civil, lo cual logró durante el curso de los diez siglos posteriores.  Su poder temporal fue detenido por la recuperación de la Biblia y del Evangelio durante la Reforma del siglo 16.  Fue mantenido a raya por los Puritanos de los siglos 17 y 18.  Sin embargo, la Iglesia Católica Romana sobrevivió la caída del Sacro Imperio Romano para convertirse en una nación soberana en el siglo 20, y está camino a convertirse en una potencia política principal en la era post-moderna.

Actualmente el Papa Francisco es la cabeza visible de la Iglesia Católica Romana; pero el misterio de la iniquidad sigue siendo el poder detrás del trono.  El misterio de la iniquidad no es nada menos que la falsificación del misterio de la piedad.  La Escritura declara, E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:  Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.[30]

El “misterio de la piedad” es la gran revelación de Dios, la cual tuvo su plena manifestación en la persona del Cristo de Dios.  Así pues, la Escritura proclama “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.[31]

Al contemplar el poder, la sabiduría y la bondad del Padre, también contemplamos el poder, la sabiduría y la bondad del Señor Jesucristo; pues como mediador, él tiene la naturaleza y la perfección de Dios en sí mismo.  Sólo el Señor Jesucristo puede satisfacer el corazón de los cristianos.  No existe absolutamente ningún sistema eclesiástico que pueda hacerlo; solamente una relación personal con nuestro Señor lo puede hacer.  Su Palabra lo expresa de la siguiente manera “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?  Y fuera de ti nada deseo en la tierra.”[32]  Cuán triviales y vanas son las promesas del sistema papal comparadas con la persona del Señor Jesucristo, quien se ha revelado como el “señalado entre diez mil”.[33]

Si durante la Reforma del siglo 16 no se hubiera recuperado el Evangelio de la salvación por gracia y la doctrina de la autoridad absoluta de la Biblia, el misterio de la iniquidad podría haber pasado desapercibido.  Pero el Espíritu Santo todavía convence a hombres individuales de su pecado ante un Dios Santo, enviándoles arrepentimiento para vida en Cristo Jesús; y esto a pesar de la operación tan exitosa del misterio de iniquidad en el mundo.  “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros pues es don de Dios; no por obras para que nadie se gloríe”.[34]  Los verdaderos creyentes somos, pues, “aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia.”[35]  Las temibles palabras del Señor en Mateo 7:21 deberían resonar en los oídos de aquellos que han pasado toda su vida creyendo en un sistema religioso, “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

Ninguna persona tendrá parte alguna con Dios en su gloria por reconocer simplemente la autoridad de Cristo, o por creer en su divinidad, o por decir tener fe en la perfección y en el mérito infinito de la expiación de Cristo; sino que sólo el que hace la voluntad de su Padre tendrá parte con él.  El Señor resumió su mandamiento de creer en pocas palabras cuando dijo “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado”.[36]  De igual manera, el apóstol Pablo y Silas declararon “cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”[37]  Hoy permanece en pie la piedad del Señor Jesucristo, y permanece en pie su llamado en tu vida.  El salmo 34:8 dice “Gustad, y ved que es bueno Jehová; Dichoso el hombre que confía en él”.  Hoy debes afrontar la siguiente pregunta: ¿Has gustado el misterio de la piedad?  Conocer personalmente a Cristo Jesús es conocer los brazos eternos del Dios santísimo.  Clama tu corazón y tu alma a Dios: llamándolo “Abba Padre”?[38]  La abundancia de la gracia, la cual sobrepasa todas las perversidades del pecado, te ofrece el agua de la vida.  Así pues, el llamado del Señor en la Escritura dice: “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.”[39]

Una vez que un hombre, convencido de su pecado, cree en Cristo Jesús como su único fiador y refugio ante el Dios santísimo, por la gracia sola, por la fe sola, él se encuentra no sólo liberado de sus pecados, sino reinando en vida, pues la Escritura dice “Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.[40] Aquellos que reciben la abundancia de la gracia que Cristo da, no sólo son redimidos del imperio de la muerte, sino que viven y reinan con Cristo a medida que son santificados diariamente por el Espíritu Santo a través de su Palabra, y su comunión constante con él.  Con él ellos reinarán para siempre y lo glorificarán por toda la eternidad.  Cree en él solo y estarás seguro en él “para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado”[41]  Entonces contemplarás el “misterio de la piedad”.  “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.[42] ¨


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[1] 2ª Tesalonicenses 2:7

[2] Del latín: Vicarius Christi, que significa uno que toma el lugar de Cristo o que actúa en lugar de él; un substituto.  Es un título que indica la presunta supremacía universal del Papa, tanto en honor como en jurisdicción, sobre la iglesia de Cristo.  Sin embargo, tal título, tal honor y tal jurisdicción sólo le pertenecen a Cristo.

[3] 1ª Juan 2:2

[4] 2ª Corintios 6:16; Hebreos 3:6

[5] Le Roy Edwin Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers: The Historical Development of Prophetic Interpretation (Washington, DC: Review and Herald Publishing Assn., 1950) Vol. I, pp. 507-508

[6] Lucas 22:25-26.

[7] www.answers.com/topic/Pope-vitalian

[8] No fue sino hasta la muerte del obispo Claudio que esta región cayó bajo la autoridad del obispo de Roma, a medida que el Evangelio y la Biblia fueron eliminados.  De igual forma, en nuestros días, es sólo mediante la dilución del Evangelio, y la eliminación de la predicación de todo el consejo de Dios a partir de la Biblia, que el movimiento ecuménico católico romano ha sido capaz de infiltrarse en iglesias que hasta ahora habían sido sanas.  A partir de allí no resta más que un pequeño paso para llegar al nuevo movimiento de la Iglesia Emergente; y la Iglesia Emergente es sencillamente una ruta de regreso al dominio de la Iglesia Católica Romana.

[9] Philip Schaff, History of the Christian Church (Hendrickson Publishers,1885) Vol. 4, pp. 250 – 253

[10] Concilio de Trento, Sesión 6, Sobre la Justificación, Canon 12.

[11] www.milestonedocuments.com/documents/view/treaty-of-westphalia

[12] Le Roy Edwin Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers: “en ella [la Paz de Westfalia] príncipes católicos, calvinistas y luteranos acordaron tolerarse mutuamente – dentro de unos límites cuidadosamente definidos.  La verdad evangélica suprimida hasta entonces, había finalmente escapado del dominio papal”.  Vol. II, p. 599

[13] Cristo Jesús también dijo que la Escritura no podía ser quebrantada (Juan 10:35).   La Biblia testifica acerca de su propia veracidad esencial, por ejemplo: “La suma de tu palabra es verdad” (Salmo 119:160). “Tú eres Dios y tus palabras son verdad” (2 Samuel 7:28).  La palabra escrita de DIos es “la palabra de verdad” (Salmo 119:43).  Dios dice de su palabra escrita, “estas palabras son fieles y verdaderas” (Apocalipsis 21:5).  La palabra escrita de Dios es infalible e inerrante en todas las áreas, así terrenales como espirituales (Juan 3:12).

[14] Louis Alexandre Berthier, Jefe de Estado Mayor del ejército de Napoleón, entró a Roma sin encontrar resistencia el 10 de febrero de 1798 y proclamó una República Romana.  Él le exigió al Papa renunciar a su poder temporal.  El Papa se negó y fue llevado cautivo a Francia, en donde murió poco después de un arduo viaje.

[15] La mayor parte de los demás dogmas tradicionales acerca de María están basados en la enseñanza de “La Inmaculada Concepción”.  La adoración superlativa de María es ahora una práctica normal.  Por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica, párrafo 2677 declara oficialmente, “Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la ‘Madre de la Misericordia’, a la Toda Santa”.

[16] El atribuir la tradición papal a la guía del Espíritu Santo y el atribuirse presuntuosamente cualidades tan absurdas como la de la infalibilidad papal, ambas son blasfemias contra el Espíritu Santo, en el sentido estricto de la palabra.

[17] El Papa Honorio I (625-638) fue condenado como hereje por el Sexto Concilio Ecuménico (680-681).  También fue condenado como hereje por el Papa León II, y por todos y cada uno de los papas hasta el siglo 11.  ¡Así que tenemos a Papas “infalibles” condenando la herejía de otros Papas “infalibles”!

[18] Véase la referencia al ejército de Napoleón en la sección anterior.

[19] John Cornwell, El Papa de Hitler: La Historia Secreta de Pio XII (NY 10014: Viking, 1999) p.7 “En 1933 Pacelli encontró en la persona de Adolfo Hitler a un socio de negociación exitoso para su concordato con el Reich.  El tratado le autorizaba al papado imponer el nuevo Código de Derecho Canónico a los católicos alemanes y otorgaba generosos privilegios a las escuelas católicas y al clero católico.  A cambio, la Iglesia Católica en Alemania, su partido político parlamentario y sus cientos de asociaciones y periódicos se retiraron ‘voluntariamente’ de la acción social y política, siguiendo la iniciativa de Pacelli.  La abdicación del catolicismo político alemán en 1933, negociada e impulsada desde el Vaticano por Pacelli con el respaldo del Papa Pío XI, garantizó que el Nazismo pudiera alzarse sin la oposición de la comunidad católica más poderosa del mundo…”

[20] “La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero.” Concilio Vaticano II, Declaración Nostra Aetate, sección 2.

[21] Vatican Council II Document Reflections and Suggestions Concerning Ecumenical Dialogue p. 549

[22] Ídem, No 42, pp. 540-541

[23] Ídem, p. 545

[24] Ídem, p. 541

[25] Código de Derecho Canónico, canon 1311 (“Promulgado por la Autoridad de Juan Pablo II, Papa.
Dado en Roma, el dia 25 de Enero de 1983”)  http://www.vatican.va/archive/ESL0020/__P4S.HTM

[26] Entre las penas expiatorias aplicables a los fieles, citadas en el apartado anterior, se encuentran “la prohibición o mandato de residir en un determinado lugar o territorio” (Canon 1336, citado en el Canon 1312, sección 1).  Además del destierro y el arraigo penal, el Canon 1312, sección 2, afirma que la Iglesia puede establecer por ley “otras” penas expiatorias a los fieles; el Código no dice cuales son estas “otras” penas, pero sí afirma categóricamente que la Iglesia Católica tiene derecho de imponerlas.  Esto debería preocupar a cualquier católico.

[27] Globalismo: una política mediante la cual se colocan los intereses del mundo entero por encima de los de las naciones soberanas individuales.

[28] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Secciones 167, 173, 177 – 179, 191

[29] Compendio, Sección 83, 80;  Catecismo de la Iglesia Católica (1994), Párrafo 168, 169, 181

[30] 1ª Timoteo 3:16

[31] Hebreos 1:1-3

[32] Salmo 73:25

[33] Cantares 5:10

[34] Efesios 2:8-9

[35] Efesios 1:6-7

[36] Juan 6:29

[37] Hechos 16:31

[38] Romanos 8:15 “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!”

[39] Apocalipsis 22:17

[40] Romanos 5:17

[41] Efesios 1:6

[42] 2ª Corintios 5:17